Un cielo azul clarito
¿Cuál es el propósito de que yo esté aquí, en esta posición? Debería hacer algo que pueda dejar una semilla.
Meses después, tras las rejas de la celda donde cumplía su cadena perpetua, Heriberto Marín Torres comprendería el mensaje con el que Griselio Torresola acompañó aquel abrazo fuerte y prolongado en la noche puertorriqueña de Coabey.
— Por si no volvemos a vernos.
Pero esa mañana del 30 de octubre de 1950 no prometía grandes hazañas: eran todas iguales. Heriberto tenía 22 años y había regresado a casa después de una efímera aventura por Nueva York, un desalojo motivado por la falta de oportunidades laborales en Puerto Rico. Anteúltimo hijo en una familia pobre de nueve hermanos, había moldeado su adolescencia al calor de las ideas revolucionarias del Partido Nacionalista desde el día en que conoció a Pedro Albizu Campos, egresado en la Universidad de Harvard y entronizado como el ícono máximo del sueño independentista boricua.
Como ocurría con todo aquel que fuera considerado una amenaza en una época en que la Ley de la Mordaza había criminalizado la libertad de expresión, prohibiendo ondear la bandera de Puerto Rico, cantar sus himnos, hablar o reunirse a favor de la independencia, su nombre se había transformado en un objetivo para la Policía, el Departamento de Justicia de Puerto Rico y el FBI: la carpeta en la que recopilaban todas sus actividades, relaciones y movimientos tenía estampado el número 2682.
Su ideología y sus conexiones habían conspirado contra su idea de ingresar a la Universidad, de graduarse en el colegio e incluso de conseguir un trabajo estable: lo habían empujado a una diáspora en permanente crecimiento, al más allá, al exilio. Ese éxodo concluyó el día en que fue reclutado por el ejército de Estados Unidos para combatir en la Guerra de Corea: era el momento de volver a su patria.
Esa fue la primera casualidad. La segunda fue mientras caminaba a casa: se cruzó con una caravana de compañeros nacionalistas y se subió al primer automóvil sin titubear, sin preguntas ni respuestas, sin siquiera imaginar todo lo que vendría después. Así, en ese instante tan poco histórico, Marín Torres se sumó a la última gran insurrección puertorriqueña de la historia.
La revolución se había orquestado durante décadas y estalló ese 30 de octubre en Jayuya, uno de los 78 municipios de Puerto Rico, como consecuencia de la sanción de la Ley 600 aprobada por el Congreso de Estados Unidos que reconocía a Puerto Rico como un Estado Libre Asociado: para los nacionalistas esa autonomía interna, subyugada a la soberanía estadounidense, era otra muestra del colonialismo enmascarado al que estaban sometidos.
Ya en Jayuya, uno de los cimientos de su avanzada consistía en el copamiento de la jefatura policial pero las balas de los acuartelados hirieron a varios de los independentistas: mientras el edificio se incendiaba por una molotov revolucionaria, Heriberto salió en busca de auxilio para Carlos Irizarry, uno de los líderes que había sufrido una herida de muerte tras el fuego cruzado.
El auxilio era Blanca Canales. Si Pedro Albizu Campos había sido el padre de la revolución, Blanca era la madre. Heriberto la conocía a la perfección: la humilde casa de los Marín Torres, techada de yaguas y con el piso de tablas de palmas cortadas en el monte, se había edificado en la hacienda de los Canales, su mamá Eleuteria trabajaba como su ama de casa y René -hermano de Blanca y del famoso escritor Nemesio- había sido elegido como su padrino.
En aquel entonces, en tiempos más solidarios, las familias más pudientes de Puerto Rico recibían en sus tierras a familias como las de Marín Torres que habían quedado sumergidas en la miseria. Los Canales, a diferencia de otros terratenientes, cedían una porción de sus terrenos para que los arrimados las cultivaran, pero no ejercían el trato despótico de otros: les exigían una retribución mínima y jamás desahuciaron a nadie.
Heriberto encontró a Blanca, quien había organizado la rama femenina del Partido Nacionalista conocida como Las hijas de la Libertad, en el segundo piso del Hotel Riverside. Ahí estaba ella, parada sobre el balcón, arengando a su pueblo con una pistola en una mano y la bandera de Puerto Rico en la otra. Heriberto subió a su encuentro, juntos izaron por primera vez la bandera puertorriqueña bajo soberanía estadounidense, gritaron ‘¡Viva a Puerto Rico Libre!’ y Blanca Canales proclamó oficialmente la República Independiente de Puerto Rico.
Son las once de la mañana del domingo 2 de noviembre de 2025 en la Comunidad de La Puntilla, un foco de lucha nacionalista en el extremo sur del Viejo San Juan, y Puerto Rico no es libre desde que Cristóbal Colón desembarcó en la costa occidental de la isla Borikén en 1493. El enemigo es el vecino: a cien metros patrulla una estación de la Guardia Costera de los Estados Unidos. Rodeados por la flota militar yanqui y por un estacionamiento colosal que se construyó sobre la expropiación de un barrio histórico sobreviven tres complejos de departamentos pintados de un celeste eléctrico, un verde aguado y un amarillo alertador.
En el segundo piso de la torre verde se distingue un balcón angosto, casi tímido, que apenas asoma de la fachada gastada por el sol y la humedad: lo destaca la bandera independentista de Puerto Rico que cae sobre su baranda oscura con una dignidad suave, moviéndose apenas por el viento, como una señal de resistencia. Con la puntualidad de las citas que no necesitan triple confirmación emerge desde adentro la figura menuda pero férrea de Heriberto Torres Marín, el único superviviente del Grito de Jayuya, horas después de haber encabezado una marcha en conmemoración del 75º aniversario de la revolución.
Cumplirá 97 años en menos de un mes pero su apretón de manos, su bigote tupido, los ojos cálidos detrás de sus anteojos y su cabellera ceniza reflejan la juventud de un espíritu inquebrantable.
— Sigo siendo un soldado raso de la patria. Uno más que no se ha arrodillado, que se siente honrado de haber participado en la lucha.
Su voz dulce hoy es más tenue y rasposa: durante su última peregrinación se contagió una gripe que, por precaución, lo obligará a usar un barbijo durante las siguientes dos horas de entrevista. Es otra víctima del contraste entre los más de treinta grados del implacable sol borincano y el aire acondicionado invernal de cada espacio cerrado.
Este comedor, donde Heriberto se sienta en una silla acolchonada alrededor de una mesa redonda llena de anotaciones, calendarios, discursos y libros, podría transformarse en un museo de la independencia puertorriqueña. En sus paredes cuelgan los homenajes a los próceres que se animaron a luchar por un pueblo libre y a las batallas que protagonizaron: están los diez mandamientos de los hombres libres de Ramón Emeterio Betances; la desgarradora carta Las Manos en el cristal que Oscar López Rivera le escribió a su nieta Karina en una tarde cualquiera de sus 35 años de encarcelamiento hasta su libertad en 2017; el recuerdo del alzamiento conocido como el Grito de Lares que el 23 de septiembre de 1868 intentó la emancipación de la corona española; la bandera monoestrellada firmada por Lolita Lebrón, Irvin Flores, Rafael Cancel Miranda y Andrés Figueroa, un cuarteto que el 1 de marzo de 1954 tiroteó el Congreso de Estados Unidos para exigir la independencia puertorriqueña; y decenas de retratos de Pedro Albizu Campos.
— Don Pedro nos escuchaba con mucha atención, nos trataba como sus hijos y fue un padre para mí. Aquella era la época de la descolonización, el espíritu de entonces. Pero era David contra Goliat. Don Pedro nos dijo que podríamos morir, pero que también podríamos triunfar. Hoy le preguntaría qué nos recomienda y sé su respuesta: desobediencia civil. Porque conseguir la libertad por las armas es muy difícil y no sacrificaría la sangre de la juventud.
Heriberto descubrió a Albizu Campos cuando un cuadro en el comedor de la casa de Blanca Canales lo atrapó: era la foto de un hombre negro, una rareza en Jayuya porque la esclavitud no se había diseminado más allá de la costa.
— Yo era un muchachito entonces y me dijeron que era Pedro Albizu Campos, que estaba preso en una cárcel de Estados Unidos por defender la independencia de Puerto Rico. Y yo no sabía qué era aquello de la independencia, pero le tomé cariño.
Hijo de una esclava mulata, Albizu Campos no fue reconocido por su padre hasta los 17 años. En Estados Unidos estudió ingeniería química en la Universidad de Vermont, donde acompañó los procesos revolucionarios de la India y de Irlanda al apoyar a los independentistas Subhas Chandra Bose y Éamon de Valera, y se graduó como abogado en la Universidad de Harvard.
Después de servir durante cuatro años en el Ejército de los Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial, regresó a Puerto Rico con la convicción de orientar a sus compatriotas rumbo a la autodeterminación e ingresó al Partido Nacionalista de Puerto Rico, el cual presidiría a partir de mayo de 1930.
Tras un apoyo anémico en los comicios legislativos de 1932, resolvió no volver a competir en procesos electorales organizados por la administración estadounidense y desertó del servicio militar obligatorio. Ya sumido en la rebeldía de la lucha armada, en 1936 fue condenado por conspirar para derrocar al gobierno yanqui: vivió los siguientes once años en una prisión de Atlanta.
En 1947 recuperó su libertad y su libertad era volver a la lucha en Puerto Rico: Heriberto fue uno de los cientos que celebró el retorno de El Maestro. Griselio Torresola, abatido el 1 de noviembre de 1950 después de atacar la Casa Blair donde vivía el presidente estadounidense Harry Truman con el fin de publicitar su causa independentista, lo convocó una noche a una misteriosa reunión en la casa de Blanca Canales.
— Me dijo que había llegado alguien a quien me gustaría conocer personalmente. No me dijo de quién se trataba. Al entrar en la casa, estaba Don Pedro en medio de la sala. Me acerqué tímidamente a darle la mano, pero él se me adelantó y, dándome un fuerte abrazo, me dijo: ‘Hijo, ¿cómo está ese corazón?’. No tuvo que decir más para que yo lo siguiera.
Ese corazón se había templado durante años en el espejo de Simón Bolívar, José Martí y José de San Martín, tres nombres que todavía ordenan la imaginación de la patria latinoamericana.
— Siempre nos recalcaba la gran responsabilidad que teníamos y el gran peligro que corríamos al ser miembros del Partido Nacionalista. Recuerdo muy bien las veces en que personas que iban a visitarlo le preguntaban cuándo iba a empezar la revolución. Su reacción era: ‘La revolución no es una tontería, ni se hace de la noche a la mañana, ni es un juego de niños. Es algo doloroso y serio donde hay que sacrificarse. No hay fechas pero, cuando sea, espero verte allí’. De aquellos que se desvivían por pelear, no apareció ninguno a la hora de la verdad.
La revolución fue el 30 de octubre de 1950 pero la hora de la verdad, la de las consecuencias y el sufrimiento, vendría después: la Guardia Nacional salió a la caza, metralleta en mano, de los sobrevivientes. El 2 de noviembre, después de tres días de escapismo, Heriberto se entregó. Primero insistieron, con los métodos con los que acostumbra a insistir el poder, para convencerlo de entregar información de sus compañeros a cambio de su libertad: su fidelidad con la causa lo condenó a 145 años en junio de 1951.
— La cárcel, el presidio político, era horrible. Pero mientras más te persiguen, más fuerte se va haciendo el ideal.
Heriberto cumplió un año incomunicado y otros ocho en reclusión hasta el indulto que recibió el 16 de agosto de 1959. Salió tres días después, el mundo había cambiado y en el camino había perdido tantas cosas: los últimos días de vida de su mamá, la boda de su hermana Olga, el amor por correspondencia de su futura esposa Cándida, el vínculo con sus amistades y el deterioro de Albizu Campos. Don Pedro había sido arrestado el 2 de noviembre de 1950 y liberado a fines de 1953 por su salud de cristal, pero el ataque armado al Congreso del 1 de noviembre de 1954 derivó en el último encarcelamiento de su vida: murió el 21 de abril de 1965 después de que un accidente cerebrovascular lo dejara hemipléjico.
A Heriberto todavía se le humedecen los ojos cuando seis décadas después reconstruye el multitudinario cortejo fúnebre hacia el cementerio del Viejo San Juan.
— Aprendí de Don Pedro muchas cosas en mi vida: que la lucha por la independencia es una de amor y no de odios, que ser independentista en este país es casi milagroso, que no todos los que aman la libertad están dispuestos al sacrificio, que la cárcel es un sacrificio mayor que dar la vida en la batalla, que hay que ser paciente en la lucha y que el día que a los hombres puertorriqueños se les acabara el valor sería la mujer la que empuñaría la bandera de la Patria para hacer la Independencia.
Su participación en el séquito fúnebre está, entre tantas otras cosas, registrado en uno de los 115 folios de una carpeta que supo ser blanca y ahora está teñida por el amarillento paso del tiempo.
— La he dejado tal como me la entregaron. Yo a veces ni lo miro esto, me genera odio, pero no quiero vivir con odio la vida. Me seguían todo lo que hacía hasta 1984. No eran tantos folios porque mientras estuve preso no tenían que hacerme carpeta: los que tienen más de 2.000 folios es porque nunca estuvieron presos.
Heriberto guarda su carpeta dentro de un sobre blanco, empuña una lapicera y escribe una dedicatoria en la primera hoja de su libro Coabey, el valle heroico: “Para nuestro hermano argentino, Matías, cuya asistencia a mi apartamento en San Juan de Puerto Rico me honra por su amor a la libertad y a la justicia. ¡Viva Argentina, Puerto Rico y demás pueblos de América libres! Fraternalmente, Heriberto Marín Torres”.
El sol empieza a esconderse en San Juan, en su balcón sopla el viento con cadencia caribeña y flamea, como todos los días, la bandera monoestrellada azul clarito que simboliza la independencia de su país. El guardián de la revolución, el único sobreviviente de Jayuya, las cambia cada tres meses y las guarda en una caja negra que ahora abre para regalarle el manto sagrado a su nuevo amigo.
— Las banderas, las que flotan aquí en el balcón, yo nunca me deshago de ellas. La bandera es algo sagrado, es un símbolo de la patria, muchos dieron su vida por defenderla. Ojalá que cuando tu regreses a Puerto Rico esté ondeando una sola bandera: la bandera azul clarito. Yo creo que vamos a ser independientes y esa República la van a hacer los jóvenes: siempre he tenido mucha fe en la juventud y Benito hizo despertar a la juventud.
Benito Antonio Martínez Ocasio es Bad Bunny pero en la capital del perreo pocos usan su nombre artístico: para ellos sigue siendo Benito, hijo de Benito, el mismo que en 2016 trabajaba como empaquetador en el supermercado Econo de Vega Baja mientras subía sus primeros temas, sus primeros sueños, en SoundCloud. Para muchos Benito es un Dios, para otros el mayor orgullo de una tierra inagotable de leyendas musicales, para los chamaquitos un espejo sobre el cual reflejarse y para Heriberto un sucesor en la dinastía revolucionaria que hace 128 años intenta romper sus cadenas.
— Tuve la oportunidad de hablar con Benito cuando me invitó a su residencia, en el concierto del 14 de septiembre. Todos saben que ese muchacho era lo que llaman un bagger en un supermercado. Y me dijo: ‘Don Heriberto, yo sigo siendo el muchacho aquel que echaba compras en los mercados’. No ha cambiado. Es millonario y podría hacer lo que quisiera pero ahí está la grandeza de un verdadero revolucionario.
Ese muchacho que ahora hace bailar durante tres horas ininterrumpidas a más de 60 mil personas en el Estadio Monumental aterrizó en la Argentina como el cantante más importante del planeta después de recibir el Grammy al Álbum del año por DeBÍ TiRAR MáS FOToS, protagonizar el show de mediotiempo del Super Tazón, escalar en los ránkings globales hasta ser el artista más escuchado del mundo y conquistar territorios imposibles como Brasil, Australia y Japón.
Pero hace diez años Bad Bunny era una rareza del underground de la música urbana y el trap: entonces recorrió toda América Latina, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el Conurbano bonaerense y el interior del país, de boliche en boliche. La noche de Pinar de Rocha, una de las discotecas más célebres de la provincia argentina, se transformó en el tiempo en un mito que sirve como contraste entre lo que fue, lo que es y la proyección de lo que inevitablemente será.
— Aprovecho este momento para decirles que en este hermoso estadio hay personas que estuvieron presentes en aquellas primeras veces que vine. Gracias de corazón. Gracias por haber creído en mí desde el día uno, por ver en mí lo que el mundo está viendo ahora.
Lo que el mundo está viendo ahora es su ópera magna. El álbum y su tour intercontinental se cantan como una carta abierta de amor a su pueblo y a su país, a su música y a sus próceres, a los ritmos históricos de la bomba y la plena, a la paz y a la unión, a la nostalgia de un país erosionado por la invasión estadounidense. Pero también es una ensordecedora declaración política, una narrativa cargada de mensajes en la época de ídolos apáticos.
Ahora el mundo entero ve en Bad Bunny al Benito que fue desde sus orígenes: solamente tenían que prestar atención. Su esencia siempre estuvo ahí, detrás del prejuicio y de los estereotipos.
En su debut televisivo en septiembre de 2018, antes de sacar su primer disco, divulgó en el show de Jimmy Fallon las imágenes devastadoras del Huracán María y disparó contra Donald Trump en el prime time estadounidense:
— Después de un año del huracán, aún hay personas sin electricidad en sus casas. Más de 3.000 personas murieron y Trump sigue en negación.
María es el mayor desastre natural en su historia, un ciclón tropical de categoría cinco que el 20 de septiembre de 2017 azotó a la isla con ráfagas de más de 250 kilómetros por hora: destruyó por completo su red eléctrica, inundó sus calles y dejó un tendal de al menos 2.975 fallecidos -4.645 según un Estudio de la Universidad de Harvard-.
Donald Trump, apoyado en la cifra de 64 muertos anunciada oficialmente por el Gobernador Ricardo Roselló en su primer relevamiento, minimizó la catástrofe, relativizó la tragedia en comparación con las 1.392 víctimas del huracán Katrina, aseguró que la divulgación de cifras mayores correspondía a una fake news y se ganó la antipatía definitiva de Puerto Rico cuando le lanzó rollos de papel de cocina a los damnificados como si fuera el concurso de triples en el Juego de las Estrellas de la NBA.
Un año después de su irrupción inicial en los hogares estadounidenses, Benito diseccionó en una conversación en la Universidad de Harvard su activismo.
— Pienso que cada artista tiene algún tipo de responsabilidad de expresar algo, porque no se pueden olvidar que son gente, son pueblo, y eso no se puede perder. Es súper egoísta que te hagas gracias a la gente y, porque ahora estás en otra etapa, te olvides de eso. Muchos artistas tienen miedo a expresarse pero a mí no me da miedo.
El 17 de julio de 2019 pausó su primera gira mundial para sumarse a los más de 500.000 puertorriqueños que tomaron las calles de la isla durante once días para exigir la renuncia del Gobernador Ricardo Roselló tras la filtración de 889 páginas de mensajes homófobos, sexistas y burlones que apuntalaron la corrupción de su gobierno.
Benito, con la bandera azul clarito en alto que siete años después enarbolaría en el Super Bowl, encabezó la multitudinaria marcha junto a René Pérez Joglar -Residente- y Ricky Martin, quien había sido discriminado en los chats de Telegram de Roselló. En medio de la convulsión escribió en una noche junto a Residente y su hermana Ileana Mercedes Cabra Joglar la canción de protesta Afilando los cuchillos: “Y denle la bienvenida a la generación del: ‘Yo no me dejo’ (…) ‘De la muerte de los puertorriqueños, yo no me río; PR está encabronao’, Ricky estás jodío’”.
Roselló comunicó el 25 de julio su renuncia a partir del 2 de agosto. Benito y su pueblo lo celebraron.
— No me sentía cómodo no estando ahí. Yo amo a Puerto Rico, yo vivo en Puerto Rico, y no me sentía bien conmigo, con mi conciencia, no dando la cara. Me daba vergüenza, era algo colectivo, era de todo el pueblo, era algo grande. Si no estabas era darle la espalda a tu familia y a tu familia. No se si es el poco tiempo que llevo en esta posición bendecida -analizó en Harvard en 2018- que me hace sentir una conexión demasiado cercana a la gente. Todavía hay veces que me levanto y pienso que soy un chamaquito que trabaja ahí. Por eso fue la decisión: tenemos que estar ahí, tenemos que apoyar a la gente, porque yo soy la gente.
En febrero de 2020 volvió al The Tonight Show Starring Jimmy Fallon para develar la carátula de su tercer disco ypresentó el tema Ignorantes, una colaboración con el panameño Sech que forma parte del álbum YHLQMDLG. Vestido con un saco rosa y una falda negra, sobre el final de su interpretación descubrió una remera blanca con la frase ‘Mataron a Alexa, no a un hombre con falda’ estampada en letras rojas y negras ante once millones de espectadores: Alexa Negrón Luciano era una mujer transgénero, sin techo, pobre y negra, que fue brutalmente asesinada en la ciudad de Toa Baja en uno de los crímenes de odio más horripilantes del siglo boricua, grabado y difundido por las redes sociales.
Cuatro meses después reaccionó a las críticas por su silencio tras el homicidio del afroamericano George Floyd en Minneapolis durante un arresto en donde la brutalidad policial de Derek Chauvin firmó su partida de defunción al asfixiarlo con su rodilla: publicó un poema en la revista Time y respaldó mediáticamente al movimiento Black Lives Matter.
— Hay artistas que solo suben una foto o un mensaje básico para calmar la presión pública o para quedar bien. Yo no... Quiero profundizar y ver de qué manera puedo servir, cómo puedo apoyar la lucha contra un monstruo sistemático que ha existido durante siglos. Es un problema que quizá no se haya resuelto cuando yo muera, pero al menos sabré que he contribuido con algo para que las generaciones futuras, con fe, disfruten de libertad y justicia.
En su proclama volvió a apuntar contra Donald Trump.
— ¡Fuck Donald Trump! Presidente del racismo, tu odio y tiranía, eso sí es terrorismo (...) ¡¡Nunca esperen por artistas, ni por héroes ficticios, ustedes son quienes tienen el poder!!
El 16 de septiembre de 2022 lanzó El Apagón, acompañado de un documental de 22 minutos en el que la periodista independiente Bianca Graulau profundiza sobre los males modernos y las desigualdades que aquejan a Puerto Rico: la gentrificación, el desplazamiento de los boricuas en detrimento de los estadounidenses que reciben exenciones impositivas para invertir, la privatización de las playas y los constantes apagones que sacuden a la 100x35.
En el séptimo aniversario del huracán María sorprendió con el lanzamiento de Una Velita en el Festival de la Esperanza, organizado por la coalición del Partido Independentista Puertorriqueño y el Movimiento Victoria Ciudadana, donde profundizó su compromiso con las inminentes elecciones para gobernador.
— Este cinco de noviembre voy a votar con conciencia, con mente, pero lo más importante es que voy a votar con el corazón. En mi conciencia no va a quedar que le sigan haciendo daño a mi país. Que viva la alianza, que más que una alianza de dos partidos es la alianza de un pueblo.
El primero de noviembre de 2024, a cuatro días del sufragio, imprimió una carta en los diarios El Nuevo Día y Primera Hora donde aclaró el contundente Muerte al PNP -las siglas del Partido Nacional Progresista que desde 2016 ejerce el poder en la isla- que había entonado durante un improvisado coro en un podcast.
— Muerte al PNP jamás fue un mensaje dirigido a ustedes el pueblo estadista, no fue para la gente ‘penepé’. Al contrario, fue en defensa de ustedes también, pues dicho partido les ha fallado a todos. El partido nuevo progresista NO TRABAJA POR LOS INTERESES DEL PUEBLO, NO TRABAJA POR PUERTO RICO NI TAMPOCO TRABAJA POR LA ESTADIDAD, SOLO TE LA SIGUEN PROMETIENDO PARA CHANTAJEARTE Y HACERTE CÓMPLICE DE SU CRIMINALIDAD. EL PARTIDO PNP TRABAJA ÚNICAMENTE PARA EL BENEFICIO PROPIO Y EL DE SUS SOCIOS.
Jennifer González Colón, la representante del PNP, se impuso en las elecciones con el 41.26% pero los resultados fueron un llamado de atención para el futuro de la política boricua: el Partido Independentista Puertorriqueño finalizó en segundo lugar con el 30.77% de los votos, una hazaña que no ocurría desde 1952 y que amenaza con poner en jaque el bipartidismo tradicional del PNP y el Partido Popular Democrático (PPD), dos agrupaciones embanderadas detrás de la subordinación a los intereses estadounidenses.
La tendencia se mantuvo en el plebiscito no vinculante sobre su estatus político, el séptimo de su historia, en donde la estadidad se mantuvo como la opción favorita pero la independencia superó por primera vez el 10% de los electores. Y el desprecio a Donald Trump fue aún más contundente y resonante: en los comicios simbólicos sobre la preferencia presidencial arrasó Kamala Harris con el 73,28%.
— Ustedes no tienen ni idea de la influencia que tiene Bad Bunny aquí. Es tremendo. Si Bad Bunny empieza a usar gorra color rosita, todo el mundo tiene camisa rosita y gorra rosita. Si empieza a usar falda, aquí todo el mundo estará a ese nivel.
Joel tiene 25 años, maneja con delicadeza un Uber desde el Viejo San Juan al municipio de Ceiba, y de su espejo retrovisor cuelga la cámara ficticia que Bad Bunny entrega como souvenir en cada uno de sus shows. Es, como casi todos en la isla, una enciclopedia abierta de lo que pasa en Puerto Rico: puede recitar sin repetir y sin soplar a las leyendas de la música boricua, trazar un análisis social, político y económico de una hipotética independencia, recomendar boliches para janguear, diseccionar la crisis dirigencial de su país y diferenciar al ídolo de su pensamiento político.
— Yo no mezclo las cosas. Amo a Bad Bunny y lo defiendo con mi vida porque es el más duro. Pero en ideología pues no… Debo ser de los pocos jóvenes que no está de acuerdo con él. La mayoría de los jóvenes, si Bad Bunny dice A, siguen A. Si es A o B, yo cojo lo que creo. Pero los independentistas llegaron por primera vez segundos por el push que le dio Bad Bunny, él es independentista y cada año el partido independentista va subiendo porque los jóvenes quieren ser independientes.
— Solo me sé tres palabras en inglés: yankees go home
El 31 de agosto de 2025 marcharon por las calles estrechas, empedradas y onduladas del Viejo San Juan, como si todavía siguieran el pulso de los cincuenta, más de 3.000 hombres y mujeres que añoran liberarse de una opresión de más de cinco siglos.
Cristóbal Colón desembarcó el 19 de noviembre de 1493 en la costa noroeste de la isla y escribió en su diario que los indios taínos originarios eran ‘gente de muy gentil trato... y de habla la más dulce del mundo’ pero la maquinaria colonial de la Corona española tampoco tuvo piedad con ellos: el trabajo forzado, la violencia y el despojo arrasaron con todo en pocas décadas.
En el mundo entonces, la isla Borikén era uno de los puertos más codiciados del planeta por su posición estratégica: el control territorial de la isla, ubicada en la entrada este del Mar Caribe, representaba un epicentro estratégico para gestionar y controlar las riquezas de las Indias Occidentales. Juan Ponce de León conquistó definitivamente el territorio en 1508 y desde entonces su autonomía estuvo siempre sometida a una voluntad ajena.
Sobre la costa perdura el Castillo San Felipe del Morro, una ciudadela que empezó a construirse en 1539 para defender la ciudad de las invasiones marítimas: en la colina esmeralda que supo ser un campo de batalla hoy vuelan chiringas por el aire, el morro es Patrimonio Mundial de la Humanidad, las banderas de el Aspa de Borgoña, el Estado Libre Asociado de Puerto Rico y la bandera de Estados Unidos de América tremolan en su cielo y el castillo está a cargo del Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos.
El crepúsculo del siglo XIX simbolizó la caída del imperio español y una ventana histórica para su libertad: Puerto Rico recibió una Carta de Autonomía el 25 de noviembre de 1897, documento que autorizaba la constitución de un gobierno autonómico. Pero el desastre del 98 arruinó sus planes: España fue derrotada por Estados Unidos en la guerra hispano-estadounidense que se libró durante los meses de abril y agosto de 1898. La capitulación se formalizó en el Tratado de París: el acuerdo estableció la futura independencia de Cuba y la cesión de Filipinas, Guam y Puerto Rico a la emergente potencia estadounidense.
Oficialmente en manos yanquis desde el 11 de abril de 1899, la Ley Foraker estructuró un gobierno civil para su organización interna y la creación del cargo de Comisionado Residente, representante de la Isla en el Congreso de Estados Unidos pero sin derecho a voto. La Ley Jones de 1917 le garantizó a los puertorriqueños una ciudadanía estadounidense de segunda: podían emigrar al continente sin restricciones pero no participar de los comicios presidenciales para decidir su futuro presidente si seguían viviendo en su territorio.
Estados Unidos administró la tensión colonialista con simulacros de independencia, una ficción tras otra ficción tras otra ficción. En 1947 autorizó la elección de su propio gobernador y en 1952 permitió que escriban su constitución nacional pero oficializó el status boricua como un Estado Libre Asociado, una medianía insulsa a mitad de camino entre la estadidad y la libertad mientras las barras y las estrellas mantenían su soberanía y el manejo de su defensa, fronteras, comercio exterior y relaciones diplomáticas. Casi en simultáneo, el 21 de mayo de 1948 se promulgó la Ley de la Mordaza que criminalizaba expresiones políticas asociadas al independentismo puertorriqueño.
Los años siguientes a la insurrección de Jayuya y el ataque al Capitolio en 1954 aplacaron la voracidad independentista más allá de movimientos políticos internos que mantuvieron viva una llama agonizante que durante la última década fue atizada por tres hechos puntuales: la reacción de Trump después del Huracán María, las protestas contra Roselló y la polémica Ley PROMESA que sancionó Estados Unidos durante el gobierno de Barack Obama.
Sumergido en una crisis económica desde 2006, en junio de 2015 el Gobernador Alejandro García Padilla reconoció la mayor deuda pública en la historia estadounidense. Puerto Rico estaba ahogado en un ‘espiral de la muerte’ con un pasivo de 70 mil millones de dólares: “Este reconocimiento de que la deuda es impagable no es un asunto político sino de matemáticas”. La Ley de Supervisión, Administración y Estabilidad Económica de Puerto Rico fue aprobada para reestructurar el déficit y le impuso una Junta de Supervisión Fiscal de siete miembros para controlar los gastos del gobierno local.
— Puerto Rico ha sido colonia de los Estados Unidos por 127 años -escribieron los partidos convocantes a la marcha por la independencia en su solicitada-. Desde el principio de esta relación violenta devaluaron la moneda local y despojaron a los puertorriqueños y puertorriqueñas de sus tierras y negocios. Se impusieron tanto militar como política y económicamente. En 1950 el gobierno yanqui, con sus aliados del Partido Popular, se confabularon para venderle al mundo la farsa del Estado Libre Asociado como paso descolonizador.
La promulgación de la Ley 22 en 2012 -ahora parte de la Ley 60 de 2019- para Incentivar el traslado de inversionistas a Puerto Rico profundizó las heridas coloniales y descubrió nuevos mecanismos de dominación moderna: las exenciones impositivas, sin pagar impuestos sobre ganancias de capital y otros beneficios contributivos a los residentes, motivaron una migración inversa de estadounidenses que se mudan a la Isla del Encanto y desplazan a los boricuas por el alza en el precio de las viviendas y la especulación inmobiliaria. Muchos de esos extranjeros, denuncian sus críticos, alimentan las campañas de los políticos puertorriqueños con sus donaciones.
La tendencia parece irreversible: durante los últimos diez años el éxodo de puertorriqueños hacia su diáspora estadounidense ha sido sostenido, empujados por la falta de oportunidades, el aumento exponencial de las propiedades y las falencias estructurales de su país. Con más de cinco millones de boricuas desperdigados por todo el suelo norteamericanos, el Instituto de Estadísticas de Puerto Rico estima una población de 3,184,835 de habitantes en la isla.
Si hay un paraíso, en esta o en otra vida, debe parecerse bastante a esto.
Flamenco Beach es un tesoro natural de menos de un kilómetro, una bahía moldeada alrededor de la herradura de la pata colosal de un caballo celestial. Su huella todavía es virgen, como si el arte rupestre que ahora es exclusividad de las piedras cobrara vida: el agua invisible, la arena impalpable, la costa salvaje que le pertenece a los alces, los cangrejos y los gatos, la muralla de palmeras en el horizonte que se funde con un cielo que se difumina en el más allá con el mar.
La mano comercial del hombre todavía no destruyó su belleza. Es un denominador común en la Isla de Culebra, una superficie de 432,27 kilómetros cuadrados a noventa minutos en barco y 27 kilómetros de la isla principal, en donde sus casi 1800 habitantes coinciden en el mismo mantra: es el último rincón virgen de Puerto Rico, con el mismo alma boricua intacta que Colón descubrió para la corona europea durante su segunda expedición en 1493.
Desde la capital hay dos caminos hacia Culebra: avionetas a hélice que cuestan 50 dólares por persona y demoran 15 minutos, una travesía que comienza con el pesaje individual de cada pasajero y sus maletas para distribuir el tetris humano de cargas y finaliza con un aterrizaje turbulento en el Aeropuerto Benjamín Rivera Noriega, o un ferry de noventa minutos desde el Puerto de Fajardo con boletos que valen lo que una gaseosa.
Ya en la cuna del sol borincano, el apodo con el que los propios distinguen a su orgullo, la bienvenida es caótica: una, dos o tres compañías autogestionadas de taxis locales se desesperan por atrapar a los turistas, pregoneros que agobian a viva voz para vender sus servicios a cinco pesos por persona a metros del muelle público en el que un grafiti dispara su resistencia: ¡Culebra para lxs culebrenses!
La vida en Culebra se construye alrededor del puerto emplazado en el corazón de la isla, un centro que los estadounidenses bautizaron como Dewey en honor al almirante George Dewey que humilló a la armada española en la batalla de Manila, en la lejana Filipinas, en 1898.
En Dewey, Juan Carlos gana la pulseada y se queda con el botín de siete pasajeros que suben a una Traffic gris de otros tiempos mientras lanza sus maletas en la parte delantera. Todo lo hace a la velocidad de la luz y hasta las palabras se le tropiezan: no tiene tiempo para perder en una lucha sin cuartel ni descanso con sus colegas para seducir a los 600 mil extranjeros que anualmente visitan el municipio menos habitado de Puerto Rico.
El transportador podría interpretar a Jason Statham si la industria hollywoodense decidiera adaptar la saga a su versión hispana: maneja con violencia en la carretera asfaltada y también cuando irrumpe el camino de tierra que ahora es un lodazal por la lluvia del verano tropical. Este martes de octubre todavía pertenece a los resabios de la temporada baja, una época que aleja al resto del mundo por la amenaza siempre vigente de un huracán. En Culebra, en Puerto Rico, no se habla de otra cosa: la acertada predicción meteorológica es optimista y vaticina que el huracán Melissa no castigará su vida pero las cicatrices de algunas pesadillas nunca cierran.
A Juan Carlos no le importa. Hijo de un argentino y una puertorriqueña, se mudó desde San Juan junto a su esposa norteamericana hace cuatro años. Desde ese día su vida es más fácil: la vida en Culebra, insiste mientras toma agua de un galón hirviendo que lo acompaña como copiloto en esta mañana de treinta grados, es más fácil que en la gran ciudad.
— Cuando llegue el fin del mundo, San Juan va a ser un infierno. Acá estaremos a salvo. Y con Trump, que es Satanás, el fin del mundo está cada vez más cerca.
La primera parada, después de diez minutos de cuestas y pendientes, es el ingreso a Flamenco Beach. Una familia estadounidense tipo, madre, padre y dos hijos que pasarán el día antes de volver a San Juan, se bajan y pagan los dos dólares de ingreso en el pequeño estacionamiento que antecede a las únicas construcciones comerciales en varios kilómetros a la redonda: Los Kioscos, seis chozas que replican las construcciones taínas en las que se venden los tradicionales mofongos locales y los más finos nuggets, hamburguesas y papas fritas de la alta cocina estadounidense, los reciben algunos en español y otros en un perfecto inglés como si fuera el purgatorio antes de llegar al cielo. Y el cielo, a cien metros, es Flamenco.
Pero ese edén también supo ser un infierno. Fue a partir de 1901, mucho tiempo después de Colón y una España dominante, cuando Estados Unidos aprovechó su flamante adquisición tras el armisticio de la guerra hispano-estadounidense e instaló su primera base en Culebra para exprimir la playa como campo de pruebas militares. La Marina estadounidense necesitaba un escenario para sus prácticas bélicas e izó su bandera teñida de sangre en el impoluto cielo azul clarito.
Los bombardeos se intensificaron a partir de 1939, en la víspera de la inminente Segunda Guerra Mundial. En los setenta, sus soldados entrenaban antes de ir a Vietnam: si la colonización española había acabado con los taínos nativos, los experimentos ahuyentaron a los flamencos cuya presencia había distinguido a esta porción del Mar Caribe. En 1971, hastiados de las bombas y su violencia, los culebrenses salieron a la calle, un acto de desobediencia civil tras otro, para exigir que le devuelvan su tranquilidad. Cuatro años más tarde, Washington respondió: el presidente Richard Nixon empezó a cerrar sus bases y Gerald Ford confirmó el retiro definitivo de sus tropas.
Desde entonces, Flamenco recuperó el silencio de las olas, la paz de sus mañanas y las noches estrelladas pero los flamencos nunca volvieron. Cinco décadas después, la chatarra militar se transformó en poesía y los dos tanques que sobreviven sobre el extremo oeste de la playa Flamenco fueron intervenidos por artistas locales con referencias a la etapa precolonial, a los indios taínos y caribes, a la última vez que fueron libres.
Aunque el pasado estuvo marcado por la intervención militar, la migración boricua persiste. Ahora, expone Bad Bunny en LO QUE LE PASÓ A HAWAii, los estadounidenses quieren quitarle el río y también la playa. Las leyes puertorriqueñas, desde su Constitución hasta las disposiciones posteriores, protegen el libre acceso de todos sus ciudadanos al mar: las playas no pueden privatizarse. Ese derecho, como casi todo en la isla a partir de las exenciones impositivas y fiscales a capitales extranjeros, está en jaque: cada vez son más los proyectos de resorts, fincas y casinos que intentan adueñarse de sus costas.
En Culebra, en Puerto Rico, cada vez es más caro vivir: con más de un 50% de viviendas destinadas a alquileres temporales y con millonarios estadounidenses que se mudan a la isla con billetes en mano para pagar cash, el aumento exponencial de la demanda elevó los valores de las casas. La diáspora, con más de seis millones de boricuas disgregados por el mundo, es cada vez mayor.
Pero ahora, en esta postal inmejorable que es Flamenco Beach, todo eso parece un problema de otros. No hay rastros del huracán que está devorándose a Cuba y Jamaica: por un momento nadie se acuerda que también puede haber tragedia en la belleza. En el rincón más al este de la bahía está El Muellecito, un secreto para los casuales en el que se forma una pileta sin oleaje al lado de los cimientos de lo que supo ser una estructura de atraque para los barcos estadounidenses.
El sol empieza a ocultarse detrás de la colina y un perro terrier gris aparece en la orilla. Es de Sonia, una mujer desgarbada de unos sesenta años que un día de enero fue a visitar a su familia a Culebra y desde entonces decidió no volver más a su Pennsylvania. Hace tres años, exactamente en ese mismo lugar y mientras ella se humectaba el cuerpo con las manos como suelen hacer los friolentos, una sata -como llaman en Puerto Rico a los perros callejeros- jugaba con la rompiente y desenterraba cangrejos. Sonia la agarró, la adoptó y le estampó el nombre de Peaches.
Sonia habla un inglés sin fisuras y deletrea como puede el español. Es una experta de todo lo que pasa en la isla: recomienda los restaurantes de sus amigos estadounidenses, aconseja el kiosco uno de Flamenco Beach que atiende su amigo estadounidense y desestima un comedor de Dewey que cerró porque su dueña estadounidense decidió volverse a casa durante la temporada baja. Ya es casi de noche, las estrellas asoman sobre el cielo sin distracciones y Sonia se despide con Peaches rumbo a una cena con la amiga estadounidense que la espera.
La decepción es unánime: La Placita de Santurce ya no es lo que supo ser. Antiguo epicentro del perreo en el corazón de San Juan, la gentrificación también es cultural.
— Antes de María, antes del COVID, era mucho del reguetón y la música latina. Ahora puede que escuches en uno que otro local el reguetón pero es más bien estadounidense. Donde más reguetón, salsa o bachata vas a escuchar es en el Viejo San Juan o en Calle Serra, ahí van los locales.
La Placita tiene dos caras: de día persigue el ritmo del mercado fundado en 1910 y de noche se activan los boliches sedientos de turismo. La oferta es amplia, condensada en un par de manzanas para todos los gustos pero con poco, muy poco, sabor boricua. No es la fiesta que uno esperaría cuando en su cabeza proyecta la imagen de la capital del perreo: podría ser un rincón de cualquier boliche en cualquier rincón del mundo.
Solo en la Taberna Los Vázquez, una esquina breve que encima suyo tiene una pantalla gigante que transmite en directo el sexto juego de la Serie Mundial de las Grandes Ligas de Béisbol entre Los Ángeles Dodgers y Toronto Blue Jays, uno se siente en Puerto Rico: suena una plena y las parejas bailan como posesos en la calle.
El club nocturno Tulum es el único que parece desbordado sobre la medianoche. La entrada es, como en todos los locales, gratuita: el negocio está en las consumiciones. Adentro un grupo de españoles, vestidos de un blanco impoluto de pies a cabeza, celebran una despedida de solteros mientras un Spiderman perrea con otra española, australianos toman cerveza como si fuera el último día de sus vidas y un par de argentinos toman nota de lo que pasa. La música es variada y, como en toda la isla, irrumpe Bad Bunny: suena DtMF y los extranjeros encuentran lo que vinieron a buscar.
Es que Benito desdibujó las fronteras, musicales y territoriales, para conquistar al mundo. Si ya había instalado su nombre como uno de los referentes de la música urbana, con su DeBÍ TiRAR MáS FOToS conquistó definitivamente al mercado gringo y al resto del planeta: Brasil se rindió a sus pies y en Japón esperan por su aparición del próximo 7 de marzo, donde en el Billions Club Live interpretará sus 28 temas que superaron -hasta el momento- las mil millones de reproducciones en Spotify. Sin abandonar su lengua materna ni entregarse a los exigencias que en el pasado habían torcido la voluntad de sus compatriotas, su sexto disco compone una narrativa integral cargada de mensajes, símbolos e ideales.
— (Grabar este disco hace cinco años) No hubiera sido lo mismo. Me he estado diciendo, como, ¿cuál es el propósito de que yo esté aquí, en esta posición? ¿Qué es lo siguiente? Te mueres y ya está. No hay nada como “Oh, has sido el artista con más streaming”, ¿y qué? -reflexionó en una entrevista en The New York Times- Estaba pensando en eso y dije: ‘Debería hacer algo que pueda dejar una semilla’. Dije: “El propósito es ese: darle la oportunidad a jóvenes, darle la exposición a jóvenes músicos, artistas, darle la exposición al ritmo de Puerto Rico, a mi cultura.
Su hazaña tiene algo de paradójico: el universo se rindió a los pies de su álbum más íntimo, un viaje que expone las raíces y denuncia a los cuatro vientos los problemas que atraviesan a su patria. Porque cada una de sus 17 canciones se grabó íntegramente en Puerto Rico con una serie de colaboradores que encarnan diferentes estilos musicales tradicionales de su tierra como la plena y la bomba, el reguetón y el trap latino, la música urbana y la salsa.
— Cuando estás lejos, a veces puedes ver mejor, puedes apreciar más las cosas. Todos los temas del álbum son de artistas que solía escuchar cuando estaba en Los Ángeles o de gira. Y fue especial porque puedes sentirte cerca de casa a través de la música. Ese es uno de los propósitos de este proyecto. Todo está hecho en Puerto Rico. Todas las canciones de salsa están hechas por muchachos de la Escuela Libre de Música. Todos tienen 18, 19, 21 años, jóvenes con mucha pasión y energía. Porque la gente piensa, oh, ahora todos los jóvenes hacen reguetón. No, hay muchos grandes músicos, jóvenes, que solo están esperando por la oportunidad.
Su sexto álbum fue oficialmente lanzado el 5 de enero de 2025. Dos días antes, un cortometraje homónimo de 13 minutos salió a la luz con el icónico cineasta Jacobo Morales como protagonista junto a su compañero Concho, un sapo endémico característico de PR, en el que ambos añoran con nostalgia los días de un Puerto Rico que se les escurre entre las manos.
Cada visualizador en YouTube reconstruye una pieza histórica del país a cargo del profesor Jorell Meléndez Badillo, integrante de la Universidad de Wisconsin-Madison, que fue entrevistado por Cenital después del último Super Bowl.
— Yo creo que se ha hecho un trabajo magistral en conectar con personas que no necesariamente son de la misma ideología política. Al mezclar sonidos como la salsa, la plena, el bolero, ha logrado apelar a sectores que antes decían ‘ah es un mal hablado ese Bad Bunny’. Ha logrado trascender la cuestión ideológica, por eso digo que el disco es totalmente político en la propuesta. (...) Puedo decir que dentro de la historia musical cultural puertorriqueña no hay un precedente a lo que Benito está haciendo.
Todo es consecuente en su propuesta. Benito anunció una gira mundial que debutó con una residencia de 31 conciertos en Puerto Rico, los primeros nueve exclusivos para ciudadanos boricuas, que comenzó el 11 de julio de 2025 y duró hasta el 20 de septiembre de 2025. Fue una reivindicación a su país, a su pueblo, a su música e incluso una reparación histórica: si antes sus compatriotas tenían que cantar en inglés y migrar a Estados Unidos para alcanzar el éxito, Benito demostraba que podía hacerlo en su suelo y en su idioma.
Tratados como ciudadanos de segunda durante los últimos 128 años, ahora los ciudadanos de segunda eran otros: los que tenían que viajar a Puerto Rico y esperar hasta el décimo concierto para poder verlo. Después anunció que su World Tour visitaría República Dominicana, Costa Rica, México, Chile, Perú, Colombia, Argentina, Brasil, Australia, Japón, España, Portugal, Alemania, Países Bajos, Reino Unido, Francia, Suecia, Polonia, Italia y Bélgica. Fue contundente cuando le preguntaron sobre la ausencia de Estados Unidos:
— La gente de Estados Unidos podía venir aquí a ver el espectáculo. Los latinos y puertorriqueños de Estados Unidos también podían viajar aquí, o a cualquier parte del mundo. Pero estaba el tema de que la jodida ICE -el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas que deporta a latinos y asesinó a dos ciudadanos norteamericanos en Minnesota durante el mes de enero- podía estar afuera [de mi concierto]. Ese es un tema del que hablamos y que nos preocupaba mucho.
En plena temporada de huracanes, cuando el turismo se derrumba en la isla, su serie de shows bajo la consigna No me quiero ir de aquí representaron un impulso multimillonario para su economía: según Moody’s Analytics su impacto fue de 400 millones de dólares y aumentó el PBI de Puerto Rico en 0,15 puntos porcentuales gracias a los 600.000 espectadores que colmaron cada noche el Coliseo de Puerto Rico José Miguel Agrelot.
— Fue una locura la residencia. Si hay una palabra que lo describa es la locura -reconstruye José, quien durante esos tres meses multiplicó sus ganancias como Uber-. Repercutió en toda la isla. Se sentía una bonanza, una abundancia… En todos los sentidos, en todos los aspectos. Se sentía un folclor, que hacía tiempo que habíamos perdido: el estar un poco más unidos y amar mucho a Puerto Rico. Y generó muchísimas ganancias también, para el comercio, para los hoteles, para los restaurantes y para los Uber.
En una época apática y sin compromiso, DeBÍ TiRAR MáS FOToS es una radiografía que expone los problemas que castigan a Puerto Rico. Mientras la mayoría de los artistas, deportistas y famosos deciden no involucrarse en la política por el temor a las consecuencias en sus vínculos contractuales o en las redes sociales, Benito construye con sus letras una denuncia permanente y atronadora al fascismo emergente, a la discriminación, al racismo, al desplazamiento de sus compatriotas, a la corrupción, a la gentrificación y hasta a la debacle energética de su país.
NUEVAYoL es un canto a la diáspora puertorriqueña, un homenaje al éxito salsero de los setenta Un verano en Nueva York de El Gran Combo de Puerto Rico y Andy Montañez. La Gran Manzana es, junto a Orlando, uno de los principales destinos de los más de cinco millones de boricuas que emigraron de su tierra.
En su videoclip, Benito cuelga la bandera azul clarito de la corona de la Estatua de la Libertad y la voz de Donald Trump brinda un mensaje por radio en el que le pide disculpas a toda América: “Cometí un error, me quiero disculpar con los inmigrantes de América, quiero decir de Estados Unidos, se que América es todo el continente. Quiero decir que este país no es nada sin los inmigrantes. Este país no es nada sin los mexicanos, dominicanos, puertorriqueños, colombianos, venezolanos, cubanos…”.
LA MuDANZA es su mayor grito independentista. Resalta la importancia simbólica de la bandera azul clarito que enarbola en su videoclip cumpliendo con la estrofa ‘aquí mataron gente por sacar la bandera, por eso es que ahora yo la llevo donde quiera’. También rescata la imagen Eugenio María de Hostos, un escritor y filósofo borincano que falleció en 1903 en República Dominicana y expresó como último deseo que llevaran su cadáver a Puerto Rico cuando su patria fuese libre e independiente: su cuerpo todavía sigue enterrado en Santo Domingo.
El cierre, uno de los momentos más emotivos de su show, es una advertencia que contagia a todos aquellos que han sido víctimas de alguna atrocidad norteamericana, de las víctimas del Plan Cóndor, de la Ley de Glaciares, del desarraigo, de Hiroshima y Nagasaki, de la usurpación silenciosa: De aquí nadie me saca, de aquí yo no me muevo, dile que esta es mi casa, donde nació mi abuelo.
TURiSTA es, además de una evidente despedida anclada en la nostalgia de lo que pudo haber sido, un espejo de lo que ocurre con los 6,8 millones de turistas que visitaron la 100x35 durante 2025: llegadas intensas, consumo veloz de experiencias y partidas sin arraigo, que dejan huella económica pero también una sensación de transitoriedad permanente en el territorio que habitan sin interesarse en por los males endémicos de su última aventura.
LO QUE LE PASÓ A HAWAii expone el proceso colonizador que atravesó un territorio con demasiados puntos en común con un Puerto Rico que no quiere compartir su desenlace: territorio anexado a Estados Unidos en 1898, derrocaron a la monarquía reinada por Liliʻuokalani, suprimieron su soberanía, prohibieron su idioma e impusieron el cristianismo, le arrebataron su identidad, lo sometieron políticamente, lo transformaron económicamente en un paraíso para el turismo y lo encarecieron al punto de dificultar la vida de sus habitantes originarios. El 21 de agosto de 1959 lo incorporaron oficialmente en el 50º estado norteamericano.
— Quieren quitarme el río, y también la playa, quieren al barrio mío y que abuelita se vaya. No, no suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai, que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái.
En PIToRRO DE COCO retoma su denuncia sobre el desabastecimiento energético que, después de la destrucción total de su tendido eléctrico por el Huracán María, está a cargo desde 2021 de la empresa canadiense LUMA: después de apagones crónicos como el del 31 de diciembre de 2024 que dejó a 1.3 millones de propiedades sin luz y de una cantidad innumerable de aumentos que encarecieron las boletas mensuales, el Gobierno demandó en diciembre a LUMA Energy como primera medida para cancelar su contrato con la empresa privada.
Su último disco es la banda sonora de su isla. NUEVAYoL entra por la ventana del departamento de Heriberto Marín Torres, mientras llama por teléfono a un restaurante de comida tradicional puertorriqueña que este mediodía de domingo está cerrado.
— Ese muchacho tiene el valor y el coraje de enfrentarse al imperio más grande del mundo, representa el ideal de la libertad, la justicia y la paz. Su lucha es la de un revolucionario, sin tener que usar armas: porque la voz es más importante, la voz es más hiriente que una espada, un fusil o una ametralladora. Porque a la voz no la pueden acallar, que es lo que van a tratar de hacer.
— Lo de Benito -sentencia Heriberto Marín Torres minutos antes de despedir a su visita- es más grande que lo que ha hecho cualquier político puertorriqueño. Aún incluyendo a nuestro Don Pedro Albizu.
Benito plantó su revolución, con la bandera azul clarito en alto, en la noche más importante del deporte estadounidense. Fue una sublevación latina de trece minutos, exclusivamente en español por primera vez en sesenta años, que enardeció al movimiento Make America Great Again (MAGA) encabezado por el presidente Donald Trump:
— Creo que fue una pésima elección. Todo lo que hace es sembrar odio. Es terrible (...) El espectáculo del intermedio de la Super Bowl fue absolutamente terrible, uno de los peores de la historia -escribió en sus redes sociales después del final del show-. No tiene sentido, es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos y no representa nuestros estándares de éxito, creatividad o excelencia.
La misma NFL que hace una década proscribió a Colin Kaepernick le entregó el medio tiempo a Benito para que difundiera su mensaje político en medio de la crisis social, cultural, moral y ética que atraviesa a Estados Unidos, un reflejo de un mundo donde aumentan las tendencias hacia una derecha más fascista, donde se legitima la persecución migrante y donde los escándalos de millonarios como Jeffrey Epstein inundan las redes sociales pero quedan judicialmente impunes.
Roger Goodell, el comisionado de la liga, defendió su elección: “Él entiende que la plataforma del Super Bowl sirve para unir a la gente con su creatividad y talento y él debe aprovechar este momento para lograrlo. Artistas del pasado lo han hecho. Bad Bunny lo entiende, por lo que creo que tendrá una gran actuación”.
Y Benito, que eclipsó una definición discreta en la que Seattle Seahawks se impuso a New England Patriots por 29-13, lo entendió. 128,2 millones de espectadores lo vieron en vivo en Estados Unidos, una cifra similar lo disfrutó alrededor del mundo, otros cien millones lo consumieron on demand en el canal de YouTube de la NFL y recibió un total de 4.000 millones de visualizaciones entre cadenas de televisión, plataformas, fans e influencers.
En trece minutos condensó 128 años de colonialismo y dejó una postal estridente: es la insignia de una generación que le perdió el miedo a ser puertorriqueño. Si bien construyó su rutina sobre los pilares, alegrías y tragedias de la historia boricua -los campos de caña de azúcar, el dominó, el perreo y los apagones-, el show de medio tiempo del Súper Tazón integró a toda América: la representación no se ancló a lo estético y particular sino al denominador común de pueblos que han sufrido, durante más o menos tiempo o de forma más o menos evidente, la opresión y el dominio extranjero.
Ante los ojos del mundo, en la cara de Trump, gritó que la América que bendice su God Bless América no es únicamente Estados Unidos; invitó a Ricky Martin, quien en 1999 debió lanzar un disco en inglés para poder ingresar dentro del mercado gringo, para que entone las estrofas más anticolonialistas de LO QUE LE PASÓ A HAWAii; flameó la bandera azul clarito que había sido prohibida por la Ley de la Mordaza; reclamó por los apagones y cerró con un lapidario “lo único más poderoso que el odio es el amor”.
Ese amor inunda también el 14 de febrero en el Estadio Monumental. Es su segundo show en Argentina, un día de los enamorados especial para las 70 mil personas que colmaron las tribunas del coliseo porteño.
— Mientras uno está vivo, uno debe amar lo más que pueda.
Benito aterrizó en Buenos Aires en el cenit de su carrera, cuando su figura ya desbordaba los márgenes de la música para convertirse en un fenómeno cultural. Había arrancado febrero emocionado en la entrega de los Grammy después de recibir el premio al Álbum del año, la primera vez en 66 años que la Academia Nacional de Artes y Ciencias de la Grabación consagra un disco en español. En el escenario, con su trofeo en la mano, brindó el discurso ganador con una calma rutinaria:
— Antes de darle las gracias a Dios, debo decir: fuera ICE. No somos salvajes, no somos animales, no somos aliens. Somos humanos. Somos americanos. Quiero decirle a la gente que no odien estos días. Que no se contaminen. El odio es más poderoso con más odio. Lo único más poderoso que el odio es el amor. Por favor, tenemos que ser diferentes. Si luchamos, tenemos que hacerlo con amor. Nosotros no les odiamos. Amamos a nuestra gente, amamos a nuestras familias, y ese es el modo de hacerlo.
El modo de hacerlo, ahora sobre la pasarela instalada bajo una pantalla colosal en la noche bonaerense, es con un despliegue incansable durante tres horas. Benito abre con LA MuDANZA y la intensidad que transmite cuando canta ‘de aquí nadie me saca, de aquí yo no me muevo, dile que esta es mi casa, donde nació mi abuelo’ contagia a varios que se secan las lágrimas.
Su show también es una propuesta democrática. La mitad del recital ocurre en la Casita, réplica de una vivienda real de la costa oriental de Puerto Rico, que está anclada en el extremo opuesto del estadio y sumergida en el campo trasero: en ese acto también hay una revolución porque para Benito la fiesta es de todo el pueblo y aquellos que no pudieron pagar las entradas más caras también merecen celebrar con él.
Y en una pausa, mientras le estrecha la mano uno por uno a los que acamparon durante horas para conseguir un lugar en la valla más cercana a la Casita, el público arranca una canción bien argentina: suena ‘el que no salta, es un inglés’ y Benito, con un dominio infalible del mundo a su alrededor, se saca el auricular, escucha la letra y empieza a saltar al ritmo anticolonial en un gesto bien maradoniano.













